En constante movimiento

El corazón es el primer órgano que se forma. Comienza a latir a las cuatro semanas del embrión y no se detiene durante el resto de nuestra existencia. Lo hace sin descanso, ochenta veces por minuto, un promedio de cien mil latidos al día, que bombean aproximadamente ocho mil litros de sangre. Si el corazón fuera una fuente, de acuerdo a un estudio de Texas Heart Institute, la potencia haría que la sangre alcanzara una altura de diez metros. Su función es bombear la sangre para que lleve oxígeno y nutrientes a todo el cuerpo. Mientras haya vida el corazón no se detiene. Eso quiere decir que nosotros tampoco lo hacemos. Ni siquiera cuando dormimos. Siempre estamos haciendo algo; nuestro cuerpo trabaja continuamente aunque no seamos conscientes de ello.

Si partimos de esa base y lo asociamos a la actividad creativa, podemos concluir que un corazón creativo tampoco se detiene y se encuentra en constante movimiento, así sea desde la aparente pasividad de la observación o el reposo, hasta el momento más activo de la creación, en este caso, por ejemplo, mientras escribo estas palabras.

Es muy importante aceptar esta condición y hacerla presente para que todo momento dentro del proceso creativo sea productivo.

Mentiría si dijera que cada vez que me enfrento a un trabajo la creatividad fluye como por arte de magia. No creo que eso le suceda a nadie de forma cotidiana y profesional. Sin embargo la productividad no necesariamente se manifiesta sólo en el producto. El camino hacia el objetivo será también determinante.

Cuando por fin me tomé en serio la escritura participé de algunos certámenes literarios. Luego de varios años comencé a obtener menciones y premios por mi trabajo, en su mayoría cuentos.

La escritura de cuentos cortos no me llevaba mucho tiempo. Salvo la corrección, el material central generado no superaba las 48 o 72 horas de producción. Muy distinto fue cuando me enfrenté a la escritura de una novela. Mis intentos fracasaron durante años. Jamás lograba terminar ninguna hasta que al fin comprendí que la esencia era estar en constante movimiento.

Cuando escribía un cuento podía prestarle atención a los detalles mientras avanzaba e ir corrigiendo el trabajo al mismo tiempo. Con la novela, si actuaba de la misma manera, avanzar resultaba cada vez más tortuoso, ya que las páginas se iban sumando al igual que la crítica y la corrección.

Si cada vez que me sentaba a escribir repasaba lo que había hecho antes, cuando llegaba al momento de la creación ya había consumido demasiada energía.

Comprendí luego de varias caídas que para crear hay que mantenerse en movimiento y respetar el proceso. El corazón no puede dejar de latir para ver cómo funciona el resto de los órganos. Si lo hace se acaba todo.

Cambié la estrategia de trabajo y me dediqué por completo a respetar cada etapa.

De esa manera pude terminar mis primeras dos novelas, escribir este libro y comenzar otro proyecto literario que muy pronto verá la luz.

Más allá de la escritura como manifestación creativa, los procesos y otros productos en los que estuve involucrado profesionalmente también tuvieron una mejora sustancial.

Hay que entender que el momento de crear es dominio del niño que llevamos dentro, y el momento de corrección es dominio del adulto. ¿Qué quiero decir con esto? En el recomendable libro “La cara humana de la negociación”, el Dr. Julio Decaro realiza una observación pertinente de las teorías de Eric Berne cuando analiza en profundidad los tres estados del yo: padre, adulto y niño.

De forma muy simplificada:

Padre – Lo que se debe hacer, los prejuicios.

Adulto – El responsable de razonar lo que conviene o no conviene hacer basado en datos de la realidad.

Niño – Lo que nos gusta hacer, basado en la emoción, creatividad y el sentido de la vida.

Recomiendo absolutamente la lectura de ese libro en su totalidad. No sólo por su valor académico, sino por su sensibilidad al momento de encarar una mejora sustantiva en nuestras relaciones humanas.

Dentro del proceso creativo hay varias etapas. En muchas de ellas como, por ejemplo, el estudio y la evaluación, están presentes el padre y el adulto. Pero al momento de crear es el niño el que debe prevalecer por sobre todo, sin dejar de contaminarse por los otros estados.

El niño debe divertirse, dejar de lado los prejuicios, preconceptos y críticas y dedicarse a fluir creativamente.

Cuando el Padre y el Adulto se entrometen en esa etapa del proceso no hacen más que paralizar la acción. La estrategia correcta es darle su espacio oportuno a cada estado del yo de acuerdo a la etapa del proceso creativo. Así, siempre estamos en movimiento.

Por Martín Avdolov, speaker de Marketers/19, en CMI Interser